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MIRADOR LITERARIO - El tópico de Lucrecia en la poesía de sor Juana Inés de la Cruz


Silvia Sánchez Flores


En la literatura clásica latina sobresale la obra de Tito Livio, quien en los últimos capítulos del Libro I de Los orígenes de Roma, narra la historia de Lucrecia, misma que se remonta al año 509 a.C., en la Antigua Roma. Hija de Espurio Lucrecio Triciptino y esposa de Lucio Colatino, es violada por Sexto Tarquinio, hijo del rey Tarquinio El Soberbio y primo de Colatino.


La romana tenía fama de mujer hermosa, honesta y casta, cualidades que despertaron el interés del príncipe; y éste, para satisfacer su deseo exacerbado de tenerla, aprovechó la ausencia del esposo para visitarla en su residencia y con engaños le solicita asilo. Posteriormente, Tarquinio logra introducirse en su aposento y la toma por la fuerza. Tras el ultraje, Lucrecia mandó llamar a su padre y a su esposo, luego de narrar los hechos de su deshonor, sacó un puñal de entre sus ropas y lo hunde con fuerza en su corazón. El suceso tuvo directas consecuencias políticas en la historia de Roma, pues el pueblo escandalizado derrocó al rey Soberbio y se instauró la República.


El suicidio de Lucrecia constituyó en la Edad Media y en el Renacimiento un evento por el que se volcaron a recrearlo muchos de los más grandes artistas de aquellas épocas, de tal manera que éste repercutió en innumerables obras tanto literarias como iconográficas. En la actualidad, algunos museos del mundo exhiben pinturas de Cranach, Tintoreto, Rubens, Durero, Rembrandt, Tiziano, Rafael, Botticelli y muchos más, en las que se ostenta el tema referido.


En el siglo XVII era de esperarse que el tópico llegara a la Nueva España y captara la atención de sor Juana Inés de la Cruz, ella escribió dos sonetos dedicados a la célebre romana, mismos que aparecen en su Inundación Castálida, publicada en Madrid, en 1689. Dichos sonetos son parte del grupo de los dieciséis que aparecen en la sección de poemas profanos y que se ubican al principio de la obra y atienden la tradición de temas relacionados con el mundo clásico. La historia de Lucrecia poseía ciertas virtudes que bien le servirían a la monja para conformar un tratamiento diferente del que otros poetas se habían ocupado, ya que éstos presentaban a la mujer con características de necedad, jocosas o satíricas; sin embargo, sor Juana exalta la figura de la romana poniendo énfasis en su fidelidad hacia el matrimonio y la valentía que mostró para salvar su honor. En ella se aviva una intención por valorar las acciones de una mujer notable y fuerte; lo que derivó en nutridas reflexiones sobre la condición femenina.


Sor Juana sabía perfectamente que su actuación como escritora traspasaba los márgenes de lo que les era permitido a las mujeres de su época, y peor aún, que proviniera de una monja profesa; pues la oportunidad de ascenso a la educación sólo se les permitía a los hombres; de ahí la urgencia de pugnar por una equidad intelectual de género y sobre todo, por el derecho de las mujeres para acceder al conocimiento e integrarse al mundo de las letras.


Nuestra Décima Musa retoma el tópico para recrear sus prácticas poéticas y exponer sus propias reflexiones tanto femeninas como intelectuales y para ello se sirve de la configuración sintáctica del soneto clásico.


En el poema titulado “Engrandece el hecho de Lucrecia”, la monja resalta en el primer cuarteto la fama de la romana, pues antes de la tragedia ella se distinguía por su belleza y castidad en el matrimonio; posteriormente al hecho sangriento, la figura de Lucrecia cobra mayor fuerza al mencionarla por su nombre otorgándole un carácter de heroicidad por su valentía en la defensa de su honor: “…gentil dama, / de cuyo ensangrentado noble pecho / salio la sangre que extinguió a despecho / del rey injusto, la lasciva llama.” Se describe que sólo con la sangre de su pecho podría extinguir la deshonra que la consumía. El ultraje perpetrado por Tarquinio ya era de por sí un acto de crueldad; sin embargo, aquí la poetisa anota que el príncipe provenía del linaje de un rey que gobernaba con injusticia.


El segundo cuarteto hace énfasis en que lo sucedido trasciende al ámbito colectivo, por ello “…con cuánta razón el mundo aclama tu virtud”, pues los hechos de sangre en los que incurrió la engrandecen aún más y es menester reconocer su valentía: “…pues por premio de tal hecho / aún es para tus sienes cerco estrecho / la amplísima corona de tu fama…” En este sentido, para la investigadora y experta en la obra de sor Juana, Georgina Sabat, el uso de sienes, consiste en representar las virtudes tomando como base la cabeza, sede de la inteligencia.


No obstante, en los tercetos se presenta una crítica al método utilizado, la exhortación a que retire el puñal viene preparando la resolución del asunto. Aquí la monja pone de manifiesto la efectividad del método como recurso de actuación para que Lucrecia limpie su honor: “Pero si el modo de tu fin violento / puedes borrar del tiempo y sus anales, / quita la punta del puñal sangriento…” Es interesante el juego de contrarios que se plantea en los tercetos, si bien el puñal acabó con la vida de Lucrecia, es claro que con ello pudo salvar su honor y su acto heroico puso “fin a tantos males”; pues como ya había mencionado su suicidio tuvo repercusiones políticas y provocó la extinción de la monarquía, sinónimo de tiranía e injusticias.


Por otra parte, Lucrecia representa la cara opuesta de lo que es su agresor, ella se rige por la razón sustentada en el honor y la virtud, mientras que Tarquinio es gobernado por una inquietud malsana que la deshonra y que sólo podía lavarse con la sangre de su pecho.


La poética de sor Juana se efectúa en un estilo elevado en el que se destacan valores como la fortaleza, honestidad, valentía y fidelidad, de ahí que la forma en que estructura los conceptos armonice con un ideal literario en defensa de las mujeres.


Así mismo, cabe recalcar que la época en que vivió la monja, los temas clásicos y mitológicos ocupaban el interés de la mayoría de los literatos, por lo que ella no iba dejar pasar la oportunidad de abordarlos para imprimirle un sello personal acorde a sus propósitos intelectuales y que sin duda edificó con extraordinaria elocuencia, tan es así que coincido ampliamente con las palabras que emitió Camacho y Gayna –prologuista de su obra– cuando en 1689 refirió lo siguiente: “…hallarás en estás poesías estilo natural, con limpias cadencias, y aun elegante la cultura…”


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