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MIRADOR LITERARIO - Enseñar español, un proceso enriquecedor



Silvia Sánchez Flores


En fecha reciente se anunció la llegada de la nueva titular de la Secretaría de Educación Pública, la tercera en lo que va del sexenio. Leticia Ramírez Amaya toma en sus manos la gran responsabilidad de hacer que la educación en nuestro país rinda los frutos de la tan prometida cuarta transformación. Como parte de los cambios que se pretenden llevar a cabo, se presentó, con “bombo y platillo”, el nuevo plan de estudios de la educación básica. Independientemente de que se haya destacado que este plan busca “favorecer el desarrollo integral de las y los estudiantes”, a mí lo que siempre me ha preocupado es saber cómo le van a hacer para que los estudiantes logren alcanzar mejores habilidades, aprendizajes y conocimientos en las tres áreas críticas que evalúa la prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos) promovida por la OCDE, a saber: lectura, matemáticas y ciencias.


En este sentido, quiero acotar mi reflexión en el área de la lectura, representada fielmente por la materia de español y todo lo que ella implica. Lo que expongo aquí es recalcar lo vital que resulta para el ser humano seguir cultivando esta materia aunque se tengan ochenta años de edad, es decir, lo esencial que es la lectura en la vida de las personas. La pregunta obligada es: ¿cómo hacen, hoy en día, los profesores de español para enseñar una disciplina que nos acompañará por siempre? Este planteamiento es tan sólo la punta del iceberg, hay otros mucho más complejos: ¿cómo hacer que los chicos aprecien la materia? Y si se quiere volar más alto: ¿cómo lograr que se enamoren de la literatura?


Si partimos del hecho de que la lengua es el medio por el cual nos comunicamos, que los libros son el instrumento que nos permite acercarnos al conocimiento y la literatura expande nuestra realidad; entonces todos los esfuerzos deben dirigirse a que los estudiantes tomen conciencia de ello. Sin duda, la tarea no es fácil y siempre se verán involucrados maestros, pedagogos, lingüistas, psicólogos, asesores, administradores y especialistas de la educación, pues en ellos recae la generación de esquemas didácticos, libros de texto, cuadernos de trabajo, planes y programas de estudio, etcétera. La enseñanza de la lengua materna en nuestro país es todo un reto, porque debe garantizar que los que cursan la educación básica sepan desarrollar la habilidad para comunicarse adecuadamente, tanto en lengua hablada como escrita. Este sería un principio rector para que los jóvenes tomen conciencia de su capacidad de comprender y asirse al conocimiento.


Naturalmente, las deficiencias que se presentan a la hora de comunicarse se deben en gran parte a un desconocimiento de la lengua. Este es un problema que se viene arrastrando desde la primaria hasta la licenciatura, por ello, la enseñanza del español debe privilegiarse en todos los niveles educativos, aún en las áreas de las ingenierías, las ciencias exactas y las económico-administrativas. Como bien señala Tatiana Sule, experta en temas de la enseñanza del español, el estudiante debe aceptar que la lengua es un producto del hombre: “que permite identificarnos como pertenecientes a un grupo, a una cultura, a un lugar, a una forma de pensar y que, sobre todo, nos permite conocernos a nosotros mismos.”


Conocer nuestra lengua nos hace más cultos, mejores lectores, buenos conversadores y expositores, en suma, personas muy atrayentes intelectualmente, y porque no, también escritores, guionistas, poetas, publicistas, dramaturgos, periodistas, etcétera. Estos son los beneficios de las clases de español, su poder es inmenso, todo estriba en saber ofrecer este poder a los jóvenes. De ahí que la enseñanza del español adquiera relevancia cuando el estudiante logra desarrollar las capacidades creativas, críticas y de investigación necesarias para la apropiación del conocimiento.


Si el nuevo plan de estudios que han presentado las autoridades educativas contempla que el estudiantado desarrolle a plenitud un gran número de habilidades expresivas y comprensivas de su participación en la sociedad mediante el acto comunicativo, ya vamos de gane; si no es así, de nueva cuenta se perderá la oportunidad de trascender en la historia de la educación del país, una vez más veremos muy lejano el hecho de que nuestros jóvenes puedan realizar lo que el destacado investigador Carlos Lomas ha designado: “hacer cosas con las palabras”: es decir: “intervenir en un debate, escribir un informe, resumir un texto, entender lo que se lee, expresar de forma adecuada las ideas, sentimientos o fantasías, disfrutar de la lectura, saber cómo se construye una noticia, conversar de manera apropiada, descubrir el universo ético que connota un anuncio o conocer los modos discursivos que hacen posible la manipulación informativa en televisión.”


Lo anterior es, sin duda, el ideal pedagógico de los profesores, sin embargo, hay una meta de mayor envergadura que sobresale de todo este ideal, es, lo que yo llamaría, el plus de la enseñanza: hacer que el estudiante aprecie la materia, generar el gusto por la lectura, mantener un vínculo con la literatura, en síntesis, convertirlo en un lector asiduo y apasionado.


El hábito de la lectura debe ser una actividad placentera y gratificante, es a través de ella donde se desarrolla el pensamiento cognitivo. Nuestro cerebro pasa por múltiples procesos que nos permite acceder al conocimiento; es por tanto, una acción intelectual bastante compleja que requiere se ejercite adecuadamente. Por ello, defiendo lo que el experto Emilio Barón Palma resalta sobre la importancia de la lectura, pues él plantea que ésta “modifica al hombre en su inteligencia, en sus afectos y en su voluntad: toda la esfera moral de nuestro ser.” Y agrega: “El buen lector desarrolla el gusto, domina su lengua, conoce la realidad de su país y la cultura en que este último se inserta. El buen lector aprende a distinguir, a decir sí y a decir no, por convicción propia. El buen lector sabe reír. La risa lo hace libre.”


Estamos ciertos que la enseñanza del español debe incluir textos formativos y enriquecedores, que estén dotados del elemento estético, esto es, obras representativas del arte literario que operen positivamente en la construcción intelectual y que fomenten la imaginación en quien funge como lector. En esto radica el valor de la materia, en dimensionar su alcance para mover al estudiante a que llegue a la literatura por vocación y que encuentre en ella una guía para la vida.


Titulares de educación entran y salen, ocuparán la Secretaría como trampolín político, y seguiremos en los últimos lugares de la prueba PISA. Es urgente valorar por nuestra cuenta, lo promisorio que resulta la literatura para el país, es sin duda, el mejor medio de enseñanza formativa que puedan recibir los niños y los jóvenes. Sólo a través de ella se puede viajar a lugares nunca antes imaginados, conocer un sinnúmero de personas, las páginas de un libro nos mostrarán la verdadera naturaleza humana, nos compartirán experiencias de la vida, ampliará el vocabulario, ejercitará la imaginación y se encargará de expandir nuestra realidad, en suma, nos hará libres, cultivará la inteligencia y enriquecerá la personalidad. Enseñar español es valioso para quien lo imparte y para quienes reciben la enseñanza, contribuye a mejorar el uso de nuestra mejor herramienta de comunicación: el lenguaje.

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