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Ética y moral en la fiesta brava

  • Papel y Tinta


@forostoreros


Pablo Camberos


“Cualquier hombre puede enfrentarse a la muerte, pero verse obligado a atraerla tan cerca como sea posible mientras se realizan ciertos movimientos clásicos, que han de repetirse una y otra vez, para luego provocársela con un simple estoque a un animal que pesa media tonelada y al que uno quiere, representa algo más que enfrentarse a la muerte. Es enfrentarse a la propia actuación como artista creador y a la necesidad de comportarse como un matador hábil.”

Ernest Hemingway, El Verano Peligroso.


He de confesar que no soy un aficionado ferviente de las corridas de toros. Sin embargo, desde que me tocó cubrir como reportero gráfico la “fiesta brava” en la Plaza México, fue como reencontrarme con los pasajes de las novelas de Hemingway. La relación con los toros, no fue como un mero espectador, no le bastó sentarse en los tendidos y atestiguar este espectáculo que es tan antiguo como la humanidad. Fue más allá, se involucró de tal modo que parte de su vida no puede entenderse al margen de las corridas.


Hoy ante las críticas y las medidas de ecologistas que buscan la prohibición taurina, aclaro que no es de mi interés salir a la defensa de la fiesta brava, no me interesa.  Me parece bien que haya personas a quienes no les gusten los toros. Lo que veo equivocado es convertir esta posición en una moral obligatoria para todos los demás.


La moral está ligada a la relación con nuestros semejantes. Con los seres vivos, en cambio, tenemos consideraciones. No sacar placer de la tortura puede corresponder a una visión de buen gusto o una estética de los sentimientos. Pero afirmar que la persona a la que le gustan los toros es inmoral es un error. Cito textualmente las palabras de Fernando Savater incluidas en su libro más reciente, Tauroética, texto que analiza el tema desde el punto de vista que más le interesa: el de la ética.


Las protestas y manifestaciones a favor de la prohibición, en efecto, despertaron el tema de la relación de los seres humanos con los animales, que es algo que ha variado mucho. Antes teníamos una proximidad mayor con ellos. De niños veíamos animales vivos, así fuese en un zoológico. Ahora los chicos han dejado de tener contacto con ellos y solo los ven en reportajes de National Geographic. Los animales ya no aparecen en nuestras vidas salvo en forma de filete o de pechuga. Han desaparecido. Y como los seres humanos convierten en dioses lo que destruyen –así como las virtudes más elogiadas son las que menos vemos en el mundo–, con los animales ha pasado lo mismo: se han convertido en una especie de ñoñería. Ahora son “pobres animalitos”.


Hay animales que están hechos para luchar, para cazar. Hoy no se les considera así, sino como seres que hay que tutelar. El toro ya no da la sensación de que está luchando con el torero –que es lo que hace– sino de que está perdido, pobrecito, qué le van a hacer. Es una falta de comprensión de lo que sucede en la plaza. Ahora, no quiero decir que aunque lo comprendas tenga que gustarte.


El toro de lidia es un animal inventado por el ser humano, lo mismo que el caballo de carreras o el pastor alemán. Ha sido creado en conjunción con el juego de una batalla con el hombre, dentro de un ritual. El toro vive una vida envidiable y apenas el 3 o 4 por ciento de ellos va a las plazas. Los demás pasan su vida mimados, en las dehesas. Eso es mucho mejor que lo que vamos a tener nosotros. Pero no niego la crudeza de la fiesta.


Cruel, señala el mismo Savater, es un comportamiento cuyo objetivo es disfrutar con el dolor. Crudeza es un espectáculo en el que hay dolor, como en el boxeo. El toreo es crudo, sin duda. Pero hay que tener en cuenta el sentido. Claro, a lo mejor si llega alguien del planeta Marte y ve a un señor clavando una espada en un animal que luego no se va a comer, dirá “¿Y esto a qué viene?”. Se trata de entender el significado de ese enfrentamiento entre toro y torero. De esa manera se deja de tener esa visión a lo “Walt Disney”, que consiste en creer que los animalitos son personas disfrazadas, mejor dicho, esa visión antropológica del animal.


En general, considero que ni los defensores de los animales y ni los ecologistas y mucho menos los jueces están para legislar sobre la moral. Están para crear espacios dentro de los cuales quepan comportamientos morales distintos.


¡La corrida no introduce la violencia en un mundo donde no la hay! A mí me da pena con el hombre y con el animal, claro. El sufrimiento es la visión racional del dolor. Algunos neurobiólogos actuales niegan, incluso, que la palabra dolor pueda aplicarse a los animales en el mismo sentido que al humano. El sufrimiento es el dolor pasado por la humanidad. Me importan los seres humanos de una manera en que no me importa ninguna otra cosa en el mundo. Me importan los humanos, que son compañeros de la conciencia, la muerte y la libertad. En eso consiste la ética. Y eso es lo que se les ha olvidado a los ambientalistas extremos.


No entiendo como un juez lo pueda decidir, como si se tratara del papá de todos y salga a decir “esto lo prohíbo porque está mal”.


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