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Apetitos siniestros de victimarios seriales

  • Sin forma ni fondo

@ABCNoticiasMX


Iván Vargas


Todos los días desaparecen, extorsionan, violan, torturan, secuestran o asesinan personas en México. En esta vorágine de sangre y plomo se nos olvidan los nombres de las víctimas por su número siempre creciente. La violencia y la muerte se han normalizado hasta inundar la cotidianeidad y la cultura. Aquí “la vida no vale nada” y un asesinato, seis, quince o veinte, ya no nos impresionan.


Cadáveres colgando de un puente utilizados como block de notas para emitir un mensaje, zonas inhabitables por la narcoguerra, miles de desplazados y desaparecidos, ciudadanos, políticos y policías asesinados a plena luz del día o madres llorando en la búsqueda de sus hijos, hurgando entre fosas clandestinas tratando de encontrar algún vestigio que les permita dormir de nuevo por las noches, son algunas de las noticia de todos los días.


Este ambiente de impunidad y muertes al por mayor es vergonzoso y repugnante de por sí, pero lo que resulta aún más grave es que representa un fértil caldo de cultivo para monstruos de apetitos siniestros. Personas que asesinan por mero placer o desviación mental. Más de uno pasa desapercibido hasta que ellos mismos cometen un error o la propia ciudadanía los deja en evidencia. Un ejemplo reciente es el de Miguel N, que el pasado 16 de abril asesinó a una menor de 17 años en la Alcaldía Iztacalco.


Fue descubierto en el acto por la madre de la víctima que regresaba al departamento, a quién también hirió con un cuchillo. Al ser detenido y revisar su vivienda se encontraron restos óseos, cerca de 20 identificaciones de diferentes mujeres y, ¡vaya locura!, partes humanas de sus víctimas. Por una casualidad, en este caso el abrupto regreso de la madre dejó expuesto al presunto asesino, pero siempre queda pensar que ya había cadáveres en su domicilio de diferentes personas y la “autoridad” ni siquiera lo tenía en el mapa.


Otro caso perturbador es el de Andrés Filomeno Mendoza “El caníbal de Atizapán”, quién por más de tres décadas asesinó mujeres impunemente sin que ninguna autoridad lo sospechara siquiera. Este anciano de más de 70 años y de apariencia inofensiva resultó ser un demente que además de asesinar a sus víctimas, las canibalizaba. Pasó desapercibido y los vecinos lo tenían por buena persona y por su avanzada edad no parecía representar ningún peligro para nadie.


Está preso gracias a que el esposo de su última víctima rastreó la ubicación de su celular hasta las inmediaciones del domicilio de Andrés. A fuerza entró a la casa y encontró la infernal escena del cadáver mutilado de su mujer. Estas personas con serios problemas mentales no deberían estar entre la sociedad por el peligro que suponen para los demás, sin embargo en un país como México en el que la muerte es moneda y el asesinato una nimiedad, resulta difícil, muchas veces imposible, rastrear los ilícitos cometidos por este tipo de delincuentes. Sus víctimas se difuminan hasta perderse entre la montaña de cuerpos y cadáveres que aparecen a diario.


Nuestro país es, en cierta forma, una zona de guerra, nadie está a salvo. Ni de la delincuencia común con sus balas y encobijados, ni de estos individuos de mente retorcida que logran su cometido por la nula prevención y combate de la autoridad ante cualquier asesinato. Al parecer todos somos prescindibles.


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